Son casi las 9 de la mañana. Llevamos un rato atascados en un semáforo y estoy nervioso porque tengo prisa por sentarme a trabajar. Ese cliente que espera respuesta, esa propuesta que se entrega hoy, lo que sea.
En el camino al despacho está el cole de los niños y siempre les dejo al pasar. Aunque cada día recorremos el mismo camino, cada viaje es distinto. Unos días cantamos a pleno pulmón canciones de El Canto del Loco o rapeamos letras de KASE.O. Otros días vamos en silencio, enfurruñados, porque hemos salido a trompicones de casa, con algún grito de por medio, y todos llegamos tarde.
Hoy ha sido uno de esos días. Y cuando la luz del semáforo se pone en verde y por fin nos toca salir del dichoso embotellamiento, el coche de delante se toma su tiempo para arrancar.
Tal vez está distraído mirando el móvil. Tal vez es una persona mayor que va tranquila a donde sea. O tal vez, simplemente, es alguien capaz de no ir por la vida como un loco.
El caso es que, cuando pasan tres segundos de semáforo en verde, uno de mis hijos suelta:
“Veeeeeeeeenga, daaaaaaale”.
Ese “venga, dale” me suena demasiado familiar, porque yo mismo lo digo con la misma entonación cuando voy acelerado por la vida.
Nuestros hijos son esponjas. Absorben lo que les rodea: lo bueno y lo malo. Y ahí no manda el consejo. Manda el ejemplo.
Con los equipos pasa algo parecido.
Si una persona con responsabilidad lidera con prisa, con interrupciones constantes, con mensajes ambiguos o con un tono que sube demasiado rápido, el entorno aprende ese patrón. No por maldad. Por adaptación.
Y si se lidera desde la calma, con atención real, con reconocimiento y con paciencia ante el ritmo del otro, ese clima también se contagia.
La pregunta podría ser:
“¿Cómo quiero reaccionar cuando el semáforo se pone en verde y el coche de delante no arranca inmediatamente?”
Pero la pregunta que más importa es otra:
“¿Cómo quiero que las personas a mi alrededor reaccionen ante esa misma situación?”
Porque eso es lo que estás entrenando, día a día, con tus gestos pequeños.
Igual que los hijos siguen el ejemplo y no el consejo, la cultura de una empresa no es lo que se dice en un onboarding ni lo que está escrito en una pared.
La cultura es lo que hacen las personas cuando nadie está mirando. Muchas veces, eso se parece demasiado a lo que ven en quien lidera.
¿Qué reacción estás enseñando, sin darte cuenta, cada vez que algo “solo” se retrasa tres segundos?
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