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Claudio Hernández Olalla

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🧹 El trabajo del que más he aprendido en mi vida ha sido el de cristalero.

Cuando era gerente comercial en ISS me tocó ser cristalero por un día, y aquella experiencia me ha enseñado más de liderazgo que cualquier libro. Te cuento por qué.

En la compañía había una iniciativa anual en la que gerentes y directores nos poníamos el uniforme y trabajábamos en primera línea en un centro de un cliente. Podía tocarte cualquier servicio: limpieza, mantenimiento, cocina, jardinería… y a mí me tocó de cristalero en un concesionario de Madrid.

A las 6:45 de la mañana me presenté en el centro para empezar el turno con el equipo.

Lo primero que sentí fue lo duro que es ese trabajo desde el punto de vista físico: llegar temprano, en pleno invierno, y qué tu herramienta de trabajo sean tus propias manos. Manos que por supuesto no tardaron en congelarse al quedar empapadas por el agua mientras limpiaba cristales que daban a la calle.

Qué fácil es no valorar lo que hacen otros. Desde fuera parece simple; desde dentro la realidad siempre es otra.
Solo había otra persona conmigo, el cristalero principal, que sabía que yo no era cristalero sino un trabajador de la central. El cliente, sin embargo, no tenía ni idea.

A media mañana fuimos a tomar un café. Al salir, un grupo de trabajadores del cliente se cruzó con nosotros en la puerta. No nos miraron, no sujetaron la puerta, no dijeron ni buenos días. No fue mala intención: simplemente no nos vieron. El uniforme nos hacía invisibles.

Durante la pandemia se les llamó “esenciales”. Hoy casi nadie usaría ese término para referirse a ellos, aunque para mí lo siguen siendo. No porque limpien lo que otros ensuciamos, sino porque permiten que los espacios donde trabajamos, compramos o disfrutamos estén cuidados y listos para funcionar.

¿Das los buenos días al portero de tu casa, al conductor del autobús, al repartidor que te entrega un paquete, al personal de limpieza de tu oficina, al camarero…?

La forma en que tratamos a quienes trabajan para nosotros dice mucho de quiénes somos. La educación no es negociable. Así me lo enseñaron mis padres, y eso mismo quiero enseñarles a mis hijos.

Nuestros hijos no seguirán nuestro consejo, seguirán nuestro ejemplo.

  • ¿Quieres que tu hijo no fume? No fumes tú.
  • ¿Quieres que lea? Que te vea leer.
  • ¿Quieres que sea educado? Que te vea serlo.
  • ¿Quieres que sepa ganar, perder o mantener el control bajo presión?
 

Muéstraselo tú.

Lo mismo ocurre en la empresa: aquella iniciativa de mandar a los directivos a trabajar en primera línea es, para mí, una brillante escuela de liderazgo. No hay curso ni manual que te enseñe más que ensuciarte las manos, vivir lo que vive tu equipo y comprender su realidad desde dentro.

Solo así puedes liderar con empatía, respeto y criterio. Lead by example.

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