El ser humano tiene una resistencia natural al cambio.
La resistencia al cambio es inherente a la persona y, aunque es cierto que existe un grado de resistencia variable según la persona, todos en mayor o menor medida nos resistimos.
El cambio por lo general no nos gusta. Nos provoca nerviosismo abandonar lo conocido para adentrarnos en un camino que no está del todo iluminado. Y sin embargo, aunque muchas veces somos conscientes de que el cambio es beneficioso, nos resistimos.
He visto esta tendencia a la resistencia en múltiples ocasiones, y no solo en mi mismo, sino también en personas con más experiencia, inteligencia o motivos para cambiar que yo.
¿Qué se esconde detrás de esta resistencia?
Me he hecho esta pregunta en múltiples ocasiones y pienso que no hay un común denominador pues son muchos los factores condicionantes. Tengo una idea clara que me gustaría compartir hoy contigo, y es que la resistencia al cambio es tan solo el síntoma, no la enfermedad.
Cuando una persona se enfrenta a un cambio y se resiste está actuando de forma normal y predecible. ¿Quién no se resistiría a salir de la zona de confort?
Podemos definir la resistencia como cualquier fuerza que frena o impide el movimiento. A continuación, 6 síntomas que esconden algo más:
- Pérdida de control. El cambio nos limita la autonomía. La resistencia al cambio lo retrasa, alargando nuestra sensación de control.
- Excesiva incertidumbre. No tenemos la bola de cristal, y el futuro que nos han contado que está a la vuelta de la esquina tras el cambio no nos produce seguridad. Me agarro a lo seguro, que es lo conocido, aunque me digan que hay una pradera más verde ahí fuera.
- Sorpresa. Truco o trato. Cuando hay falta de comunicación y transparencia ante un inminente cambio inesperado nos asustamos cuando se anuncia. Nos comunican el cambio que está a punto de ocurrir y del que no sabíamos nada. Una sorpresa poco agradable, pasa palabra.
- Incomodidad. El ser humano vive cómodo en su rutina y no le gusta que se la trastoquen. El cambio rompe con aquello a lo que ya estábamos acostumbrados, y preferimos no hacerlo.
- Inseguridad. Se nos cuela esa vocecita interna que nos dice que no estamos preparados para lo que viene y tal vez nunca lleguemos a estarlo, y nos susurra que otros sí podrían estarlo.
- Fatiga. Como dice la ley Kanter: «Everything looks like a failure in the middle. Everyone loves inspiring beginnings and happy endings; it is just the middles that involve hard work.»
Cuando estos síntomas aparecen no se trata de combatirlos, sino de averiguar qué los está causando y volcar ahí todos los esfuerzos. En mi experiencia se cumple la siguiente regla:
CAMBIO = ACCIÓN + DIRECCIÓN
O bien la persona se queda en la dimensión de la intención, es decir, en la voluntad de cambiar, o bien la persona actúa sin una dirección u objetivo claro.
El cambio no se debe imponer. Tampoco se debe juzgar a quien se resiste. El cambio es un camino que se vuelve más sencillo cuando se recorre en equipo. Aquí el líder juega un rol fundamental.
Solo es posible el cambio cuando hay claridad sobre el objetivo y los beneficios que se logarán. También es necesario y consiguiente plan de acción que nos conduzca a ello. Cuando no se da esta claridad, la resistencia al cambio aflora.


